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| El País 10-05-2011 |
Mi asombro ha ido pasando a indignación con el paso de los días hasta que, esta mañana, he escuchado en la radio una entrevista a un misionero español que vive en Pakistán. Ha explicado las cosas desde la perspectiva de alguien que trabaja en ese país desde hace años. Me quedo con la respuesta a "¿Qué le ha parecido a usted la forma en la que ha muerto Bin Laden?". El misionero ha respondido así: "Sinceramente, lo que a mí me preocupa ahora mismo es cómo voy a hablar con los padres de uno de mis alumnos que se suicidó la semana pasada". Demoledor.
En ocasiones, nos preocupamos en analizar la muerte de un personaje público y nos olvidamos de lo que significa la vida para el resto de los mortales. Este hombre, con sus palabras, ha expuesto una realidad que desconocemos la mayoría de occidentales. Al parecer, los jóvenes pakistaníes abandonan su país, con una tasa de alfabetización bajísima, para encontrar una vida mejor.
Me sigue preocupando cómo se ha frivolizado la muerte de un ser humano, pero también entiendo que es desproporcionado el valor que se le da a un individuo cuando existen problemas muchísimo más complejos y que no se alivian por acabar con una vida.

